Contrariamente a lo que suele pasar con los estudiantes de traducción, empecé con mis pinitos de traductora en el 2009, con el encargo de un proyecto que en aquel entonces me pareció épico: una traducción inversa (en otras palabras, una traducción de español a inglés). Cuando empecé con este proyecto no me sentí capaz de hacerlo, pero sin esfuerzo no se llega a la cima de la montaña.
El resultado del proyecto fue muy positivo, y eso para una novata es algo que le otorga confianza. Unos pocos años más tarde, se me ofreció traducir una novela al inglés; eso ya era un encargo de otras dimensiones. De repente me di cuenta de que no podría conseguir un producto de buena calidad sin la ayuda de un corrector nativo; por ese motivo, recomendaría que, si alguna vez os atrevéis a traducir de vuestra lengua materna a otra, contratéis a un corrector de dicha lengua para que quede lo más natural posible. De esta manera, también colaboraréis a que un colega de profesión tenga un encargo, aunque sea de corrección.
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